La revelación de precariedad de los sistemas sanitarios y de la producción de bienes esenciales para combatir la COVID-19 ha desnudado la contradicción entre la competitividad de las empresas en los mercados globales y los requerimientos de los Estados para satisfacer las necesidades y demandas de sus poblaciones al interior de sus territorios. Los mercados han mostrado sus límites. Y el Estado nación ha asumido la responsabilidad y los costos para combatir la enfermedad y reactivar a las propias empresas.

La pandemia de la COVID-19 ha expuesto de manera dramática -en la realidad de la vida diaria de la gente- la precariedad de la globalización en su versión occidental y liberal. Ha estallado la contradicción entre, por un lado, la deslocalización de la producción de bienes y servicios y la liberalización de los intercambios, al margen de la estructura territorial de los Estados; y, por otro, la continuidad de la organización de las sociedades en Estados nacionales, en cuyo territorio se resuelve la satisfacción de las necesidades de la población, su trabajo, su economía familiar, salud, educación y empleo. Los desocupados no reclaman salarios ni trabajo a los mercados globales, sino a los Estados territoriales. Y los bienes y servicios estratégicos para una comunidad nacional si no se producen en ese Estado o en una región de mercado ampliado que lo comprenda, son un factor de fragilidad y vulnerabilidad.

Donald Trump, preguntado sobre cuándo los Estados Unidos dejarán de depender de fabricantes farmacéuticos extranjeros, respondió “en dos años Shinzo Abe ha anunciado subsidios por 2 billones de dólares para que las cadenas de suministros de las empresas japonesas regresen a su territorio”. Y Emmanuel Macron, en las antípodas ideológicas de Trump, el 31 de marzo, aludiendo al fin de la crisis sanitaria, declaró “el día después no se parecerá al día antes. Necesitamos restablecer la fuerza moral y la voluntad de producir más en Francia y recuperar independencia”.

Primera constatación de la crisis: la globalización en su versión occidental y liberal llega a sus límites. Se transitará hacia una globalización regulada por normas, en contradicción y conflicto con la tendencia, también actual, del unilateralismo y las correlaciones de fuerzas.

Pero la crisis ha revelado, al mismo tiempo, las limitaciones de la gobernanza política global de visión occidental y liberal. Ni las Naciones Unidas, ni el Banco Mundial, ni los grupos de los 20 y los 7, tampoco la Unión Europea han podido articular respuestas concertadas para enfrentar la crisis.

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